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Ella acudió a reciclar bicis, pero terminó convertida en Mecánica de "Calentario"

Ella acudió a reciclar bicis, pero terminó convertida en Mecánica de "Calentario"

Sep 28, 2020

Luego de cinco meses de encierro acudió al llamado biciteka y su campaña Recicletas. Pero más que ejercitar su altruismo descubrió un oasis de fetichistas de la bici que despertaron "otras" pasiones. Entre grasa, lubricante, llaves allen, chicotes y trapos sucios, un selecto grupo de mecánicos le comparten "sus artes". Por Georgina Hidalgo Vivas Decidí salir del encierro de la cuarentena apenas declararon semáforo naranja a finales de julio y pusieron milagrosamente la Cliclovía de Insurgentes. Durante cinco meses solo salí al mercado de Portales nada más a pelear con los marchantes por sus "solidarios" jitomates de 60 pesos o sus limones de 40, pero cuando los bicitekas convocaron a ayudar a "reciclar" bicis decidí aventurarme a rodar y ver con mis propios ojitos la anhelada repartición equitativa de la Avenida Insurgensex (como diría Paco Gruexxo). Iría por fin a aprender la Mecánica Rocinante que tanto me hacía falta. Uno nunca sabe cuando otra pandemia te obligará a cambiar de trabajo o a reconsiderar el propósito de tu vida. * La nueva Casa Biciteka se ha extendido a sus anchas en el Recinto Escandón. En los restos ruinosos de esta vieja escuela de la Cerrada de la Paz, que fue acondicionada para "proyectos culturales de barrio", los bicitekas están a sus anchas. Una oleada de ataques en el transporte público los hizo lanzar una campaña altruista en sus redes sociales para "reciclar" bicicletas en mal estado donadas por la gente y entregarlas a los trabajadores de la salud durante los peores días de la pandemia con la única condición de que las usaran para ir a trabajar. Era parte del plan, pues entre los objetivos bicitekas de este año está el aumentar a 400 mil los viajes diarios en la CDMX (es decir duplicar los actuales 250 mil) y alcanzar el anhelado 3.5 por ciento de los viajes diarios en la capital, que harán de la bici un medio de transporte reconocido y con peso como para no ser ignorado nunca más en la política pública de movilidad. En el patio central del Recinto Escandón las bicis cuelgan de los soportes o están ruedas arriba. Un montón de herramientas y sus estuches en desorden se esparcen alrededor de ellas y en las escaleras del pasillo. Cuatro mecánicos con la ropa y las manos grasosas parchan cámaras, lavan con vinagre las oxidadas cadenas o desarman partes hábilmente. Está Batman, de Ciudad Caótica esquina La Obrera, un ingeniero metido a mecánico que rueda con su máscara de murciélago y enseña músculo y panza por doquier. Sergio Checo, un delgado biciterco exveterinario que rueda desde La Joya y sobrevive de los oficios ciclistas por excelencia: repartición y mecánica. Elías Mark, un portaleño que le mete a la ruta, a la reparación y a los cuadros vintage que adapta con componentes modernos. Bruno Fuentes, un joven mecánico que dejó su taller en Coyoacán por la pandemia y ahora explora posibilidades en Cuautitlán, y Emanuel, un joven voluntario del sur de la ciudad. Entre todos revivieron 88 de las 113 bicis donadas. Hubo que desarmarlas, lijarlas, quitarles el óxido y rearmarlas con componentes nuevos o lo que se pueda. Quieren entregar la número 100 el sábado siguiente (26 de julio) y faltan unas seis o siete de "curar". Así le dice Héctor Moch, que más que mecánico se considera “curador de bicis” y dirige pacientemente a los voluntarios como yo. Es un tipo callado y afable que raya en lo exquisito al ajustar unos cambios, se puede tardar hasta cuatro horas y a veces días enteros en cada bici, dependiendo si encuentra las piezas o no, pues considera que su labor es más de restauración, una chamba más allá del simple mantenimiento. Será mi "maestro" y le hablo de usted, es una forma de reconocer un oficio vital. Los mecánicos de bicicletas son todo un tema en la capital, ya que los viejos maestros del ciclismo se están extinguiendo. Aquellas glorias del pedal que en sus tiempos formaron parte de clubes ciclistas y competían y tenían sus tallercitos en los barrios y arreglaban todo a precios populares, son ya un recuerdo. ¿Cuántos de nosotros no hemos experimentado la muerte de nuestro Don Cleto de confianza y nos hemos visto obligados a peregrinar por talleres y tiendas pseudoespecializadas en los que el fraude y el trato machín nos han horadado los bolsillos y la paciencia? ¿Cuántos dijimos aprenderé yo solito, pero pronto abandonamos la idea en la pila de "cuando tenga tiempo"? Pero, ¡oh, fenómeno pandémico!, el "desbarajuste" que ocasionó el virus a otros modos de transporte potenció a la bicicleta y mucha gente ha comenzado a verla como forma de movilidad segura. No solo se instalaron ciclovías emergentes (que llegaron para quedarse) en avenidas y ejes viales sino los talleres y empresas de bicis se consideraron indispensables. ¿Es además el de la mecánica otro nuevo nicho de trabajo para los quijotes rodantes? Pues sí y en Casa Biciteka una nueva ha comenzado. El Hazlo tú mismo se impone durante la contingencia. * Al maestro Héctor no le gusta trabajar con las bicis sucias, así que me pone a lavar mi primera víctima. Es una bici famosa, fue donada por un célebre director de documentales que pedalea y tuitea con enjundia y sobre ella viajó por Canadá. Está muy traqueteada y tiene "pegada" la estrella, así que hay que cambiarle el eje del pedalier y ajustarle el alineador. Tampoco tiene un freno, ni cambios y la cadena tiene un eslabón chueco, así que hay que romperla y rehacerla. Súbitamente, mientras descubro la pinza corta cadenas y el secreto de un buen corte/pega, vienen a mi todos los episodios en que fui arrojada del club de Tobi familiar. Agarro el balde de vinagre y agua chocolatosa que alguien dejó por ahí y con un cepillo de mamilas comienzo a lavar el cuadro con ahínco, refriego bien los platos, le lavo las llantas y... recuerdo... De niña siempre quise hacer "talacha" con mi papá y mis tíos. Los domingos en el gran patio de la casa desarmaban motores, limpiaban bujías en baldes de metal llenos de gasolina y el olor lo impregnaba todo. Me gustaba jugar precisamente ahí, viendo las piezas mugrosas, las colecciones de dados y herramientas diversas y los músculos (y panzas cheleras) de mis jóvenes padre, tíos y padrinos que con rolas de Vicente Fernández o de Rocío Dúrcal de fondo se daban a la tarea de poner a punto sus destartaladas combis y viejísimos autos. Nunca pude quedarme callada y no empezar a preguntar sobre para que sirve esto y lo otro, cuando mi padre de un "cerillazo" me ordenaba la retirada. Ashhh. Mientras en los cómics de Archie veía a la bonita Betty arreglar autos metida en un overol de mezclilla o en shortcitos minúsculos correr a rescatar a chicos guapísimos, en mi propia casa se me prohibía la entrada a la cofradía grasienta. Y precisamente por esa prohibición se fijó en mi un deseo machín, un cliché sexoso sobre los talleres y sus especímenes de "Calentario". * Y aquí estoy, en el patio de la Casa Biciteka, cumpliendo sin querer una gran fantasía lúbrica y enterándome de que hay cuatro tipos de grasas para la bici, un mundo de herramientas más allá de las allen y los pericos y comienzo a reír y les empiezo a contar a los maestros como si nada todos mis alucines. –No nos cosifiques– me revira burlón el Checo. Y reímos, porque en estos tiempos hombres y mujeres tenemos tanto que "desaprender", pero pasa la tarde y lo único que falta en el taller biciteka es un enorme "Calentario", con la leyenda del Popo-Izta rodante o alguna pin-up con bici de color pastel, o mejor aún: con esta tribu de curadores posando dizque sensuales mientras acarician sus recicletas predilectas. Cuando acabo de engrasar la cadena y de poner uno de los frenos, el maestro me pide lubricar el chicote, ayyy, esta cuarentena de sexo me está enloqueciendo, pero no dejo de reír pensando en el doble sentido. Me siento en uno de esos cómics de vaqueros y albañiles jariosos. Al final de la jornada les hablo muy seriamente de la posibilidad de hacer un “Calentario” para recabar fondos pues las donaciones francamente no fueron tan abundantes (30 mil pesos, un centenar de bicis, accesorios y partes y sobre lo más valiosa la horas/trabajo de todos “los curadores” de las bicis). Hay risas nerviosas, creen que bromeo. * La Recicleta 100 es muy alta y tiene el cuadro de hombre, pero la enfermera que la recibió estaba feliz. Ella era de complexión “grandota” y de piernas largas, afortunadamente,a demás el sillín playero blanco le encantó. Le costaba un poco de trabajo adaptarse a los tocles (los sujetadores del pie en el pedal) pero salió del Recinto pedaleando sobre una delgada carpeta roja como toda una reina , directo a la pasarela ciclovial de la ciudad. Cuando vi pasar la Recicleta que ayudé a limpiar sentí unas lagrimitas llenar mis ojos. – Adiós hija mía– casi le digo y eso que apenas le dediqué unas horas de amor para recuperar su brillo. Entiendo ahora lo que decía "el mai Héctor", es una labor curativa que seguirá esparciendo la buena vibra al rodar. Aunque en los medios la resonancia de entregar bicicletas a médicos y enfermeras que luchaban contra el COVID-19 despertó morbo y trascendió fronteras, las Recicletas se entregaron sobre todo a personal de limpieza, mantenimiento, intendencia, administrativos y personal de hospitales públicos y privados. La mayoría de ellos no están familiarizados con la bicicleta como medio de transporte e incluso a unos tres hubo que enseñarles a andar en bici desde el principio, pero tenían más miedo del virus que del coche y muy cumplidos prometieron salir a pedalear “hasta a las tortillas”. Pasada la urgencia, el entusiasmo por ayudar disminuyó y con ello las escasas donaciones. La empatía y buena voluntad duraron tan solo tres meses, justo cuando los bicitekas manejaban la posibilidad de incluir a las trabajadoras domésticas entre los beneficiarios de su campaña. Es verdad que se necesita pasión para curar bicis, pero no la cochambrosa pasión de la que les hablé, sino "algo más", tal vez esa fijación amorosa que tiene el fetichista por sus objetos del deseo, quizás la determinación que tiene un espíritu meticuloso y delicado para no rendirse a pesar del óxido, las ponchaduras y la cuarentena.

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